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2. "Las reglas" no se aplican por igual.
3. Todo el mundo a tu alrededor siempre dará prioridad a sus necesidades, a pesar de que te digan lo contrario.
No saber algo puede ser embarazoso. Sobre todo cuando sabemos que se supone que ya lo sabemos. Dependiendo de tu edad, quizás hayas tenido esa sensación de seguir siendo un niño "fingiendo" en un mundo de adultos, a pesar de tener veintitantos años. Alivia y desconcierta a la vez que la mayoría de la gente del mundo desarrollado no se sienta adulta hasta los 29 años. Es casi como si nos convirtiéramos en adultos a los 18 y necesitáramos una década para probarlo y decidir si uno encaja bien.
Por eso, aunque todos los de tu edad sigan sintiéndose como niños mayores, la gente sigue sospechando que la mayoría están bien adaptados, son competentes y saben que los pepinillos son sólo pepinos. O que las palomas no son más que pichones blancos, lo que resulta tan profundamente chocante que esas aves de la basura urbana y el símbolo de la paz sean una misma cosa. Pero la conclusión es que tendemos a proyectar nuestra competencia hacia los demás mientras la sobreestimamos en ellos.
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