El ser humano en su conjunto tiene tendencia a sobrestimar sus conocimientos, lo que le hace creer que sabe más de lo que realmente sabe. Aunque a menudo carezcamos de toda la información, seguimos creyendo que tenemos la suficiente para tomar decisiones. Este sesgo cognitivo se denomina «ilusión de suficiencia informativa».
Combinado con el realismo ingenuo, un sesgo psicológico que hace que los individuos piensen que sus creencias son objetivas y razonables, lleva a las personas a suponer que cualquiera que discrepe de ellos está equivocado a pesar de no haber tenido en cuenta lo que podrían estar pasando por alto.
También está el efecto Dunning-Kruger, que engaña a las personas haciéndolas creer que son expertas en todo. El problema es que las personas que experimentan este sesgo cognitivo sienten la necesidad de imponer sus ideas como verdades absolutas, haciendo que los demás parezcan incompetentes o ignorantes.
Algunos podrían decir que el camino intermedio lleva a la mediocridad. Pero se ha valorado desde hace mucho tiempo.
En la Ética a Nicómaco, por ejemplo, Aristóteles argumenta que todas las virtudes se encuentran entre los extremos de la deficiencia y el exceso. Compara las virtudes con la salud, sugiriendo que, así como la falta o el exceso de ejercicio físico pueden destruir la fuerza, tanto la deficiencia como el exceso pueden destruir la virtud.
La valentía, por ejemplo, es una virtud que se encuentra entre una condición deficiente —la cobardía— y una excesiva —la temeridad—. Un cobarde tiene demasiado miedo y huye de todo peligro, mientras que una persona temeraria tiene muy poco miedo y lo enfrenta. Una persona valiente, en cambio, juzga qué peligros debe afrontar y cuáles no, y siente la dosis adecuada de miedo.





















