
EXPLAINED: Historias huidas - The Real Truth
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Anteriormente, hablamos con Helen Marlo, profesora de psicología clínica y psicoanalista junguiana, que compartió algunas ideas muy interesantes sobre lo que ocurre en nuestra mente cuando tenemos ese mal presentimiento. Según Helen, la intuición percibe posibilidades en la situación presente y se percibe principalmente a través del inconsciente y no de la realidad concreta. "Se presenta como una aprehensión instintiva; un conocimiento, con plenitud; y sin conciencia de cómo ha aparecido este contenido psíquico", explicó.
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Helen sostiene que la intuición varía entre los seres humanos en cuanto a la medida en que influye en nuestra conciencia de los "sentimientos viscerales". En realidad, depende de cada persona cómo entiende, interpreta y reacciona ante su intuición. "Esto significa que la intuición puede ser muy poderosa o muy débil, dependiendo de la persona", añade la psicóloga clínica. Significa que mientras algunos actuarán en consecuencia según la mala sensación visceral, como abandonar la situación en cuanto sientan la amenaza, otros pueden ser mucho más pasivos al respecto.
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La pregunta es: ¿hasta qué punto necesitamos realmente confiar en nuestra intuición? Pues bien, Helen sostiene que hay que tener cuidado de no profundizar demasiado en los sentimientos, ya que la intuición puede mezclarse con las formas de afrontar nuestra ansiedad. Ella lo explica: "Nuestras defensas psicológicas, así como nuestros problemas o traumas, también conocidos como complejos. Eso puede hacer que sea fácil confundir una cuestión psicológica, tal vez, un deseo, un miedo o un trauma, con la intuición o, a la inversa, que pasemos por alto una intuición debido a esa misma herida psicológica". En ese sentido, probablemente no deberíamos confiar ciegamente en nuestra intuición.
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Por otro lado, cuando la situación es obviamente amenazante, peligrosa, se siente incómoda o mal, nunca debe cuestionar su intuición. Siempre hay que mirar primero por la propia seguridad, y no hay lugar para las contemplaciones.
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Me senté y esperé. No había nadie salvo unos yonkis en el otro extremo de la estación. De repende entró un tipo, y se quedó mirándome. Llevaba una sudadera negra, una máscara de esqueleto y no decía nada, solo estaba ahí plantado mirándome.
Cuando al fin se alejó, me fui pitando de allí, corriendo calle abajo por fortuna encontré una tienda abierta las 24 horas.
