Hay días en los que el aire parece tener un tufillo de positividad. Coges el autobús a tu hora, sorteas el tráfico y te diriges entusiasmado a tu destino. Y luego hay otras veces en las que el despertador no suena por alguna razón y te apresuras a prepararte sólo para que un millón de cosas
salgan mal. El bocadillo que ibas a llevarte a la boca se cae al suelo y el tren que esperabas coger está tan abarrotado que lo único que puedes hacer es verlo alejarse.